|
En 1976, hace más de tres décadas, se inició en el mundo un movimiento político y científico que buscó desarrollar modernos medicamentos a partir de plantas medicinales usadas, desde tiempos remotos, en la llamada ‘Medicina Tradicional’, ese ‘conocimiento médico social’ ó popular que prevalece en la mayor parte de los países de Asia, África y Latinoamérica, como parte de su cultura autóctona[1].
Este movimiento promovido por la Organización Mundial de la Salud (OMS) y que fuera concretado como “Programa de Promoción y Desarrollo de la Medicina Tradicional” [2] tuvo diferentes repercusiones en el mundo dependiendo de las distintas realidades socio-económicas y políticas de los países que atendieron al llamado, pero lo que resultó evidente en Occidente fue que los conocimientos alcanzados en la segunda mitad del siglo XX sobre botánica, química y farmacología, habían creado las condiciones para demostrar científicamente los beneficios curativos de muchas plantas medicinales que eran utilizadas como infusiones, tisanas, emplastos u otras formas farmacéuticas populares, heredadas del siglo XIX.
También quedó claro que las plantas medicinales eran en el siglo XX el recurso fundamental de miles de millones de personas que las utilizaban como recursos de su ‘Medicina Tradicional’, un fenómeno cultural particularmente vigente en los países pobres, llamados -en ésa época- del “Tercer Mundo”. La abundancia y diversidad de estos recursos bio-culturales se debía a la importante utilidad que tenían para el 75% de la población mundial, no obstante que estas plantas permanecían ignoradas por la Medicina Occidental. Si bien, la industria químico-farmacéutica reconocía en 1980 que más del 40% de los medicamentos modernos y en uso en Occidente provenían de plantas, las industrias farmacéuticas occidentales no manifestaban interés por indagar las potencialidades comerciales de unos recursos naturales usados por la cultura médica autóctona de países considerados “subdesarrollados” [3].
No obstante que estudiar las plantas medicinales de la Medicina Tradicional o Indígena no interesó en esos años a los gobiernos e instituciones académicas de salud de los EUA y de Europa, el hecho es que el interés científico por evaluar las propiedades curativas de tales recursos naturales sí creció rápidamente entre algunos grupos de intelectuales y científicos de Asia, de África y de Latinoamérica. La estrategia de impulsar de desarrollo industrial y comercial de tales recursos se dio predominantemente en China, India y Japón, países en donde pronto se planteó la posibilidad de que con las mismas plantas usadas por siglos de manera empírica en sus culturas locales se fabricaran medicamentos para todo el mundo, cuya eficacia fuera científicamente comprobada y promoviendo el desarrollo de un nuevo tipo de “medicamentos de plantas” que posteriormente serían denominados: ‘fito-medicamentos’.
Fue así que, a partir de 1980, se inició la ola comercializadora de plantas medicinales en todo el mundo y cuyo slogan de que ‘lo natural es mejor’, tuvo gran repercusión entre el público consumidor de Europa y EUA , donde las empresas exportadoras de estos productos desde Asia, invitaban a la población Occidental a atender los problemas de salud y del bienestar físico con plantas medicinales, comidas y ejercicios de prácticas marciales, provenientes de las milenarias culturas asiáticas. Para 1998, en Estados Unidos se reconocía que 60 millones de estadounidenses - un tercio de la población adulta - utilizaba productos de plantas medicinales exóticas por lo menos una vez al año y que el valor total estimado del mercado de medicamentos a base de hierbas novedosas era de 3 billones de dólares, con un crecimiento anual del 30% [4].
Poco después, la presión de las poderosas asociaciones médicas estadounidenses y de los laboratorios químico-farmacéuticos de Occidente, ejercida sobre las autoridades de salud de los gobiernos y sobre las universidades y escuelas de medicina, impidió el ingreso directo al mercado de medicamentos de la avalancha de productos herbolarios que, ya para entonces, cubrían todo el mundo. Surgió entonces el dilema de la clasificación de tales productos. ¿Qué eran? Se preguntaron las autoridades sanitarias de Occidente. ¿Medicamentos? ¿Alimentos? ¿Suplementos alimenticios? ¿Nutracéuticos? ¿Dónde estaba el límite conceptual y normativo entre alimento y medicina para un vegetal que se utilizaba para los dos propósitos?
Las instituciones sanitarias gubernamentales de Europa fueron las primeras que plantearon la necesidad de crear las categorías normativas para clasificar los nuevos ‘tipos’ de productos de plantas medicinales que de manera informal ingresaban a sus países y diseñaron algunos requisitos que, en general, se agruparon bajo dos ideas: primera, no aceptar a los productos de plantas como medicamentos puesto que la confirmación de sus propiedades curativas estaba fuera de su control, ya que en la mayoría de los casos provenían de prácticas e ideas de otras culturas médicas que no eran reconocidas en Occidente; era entonces preferible considerarlos ‘suplementos alimenticios’ con algunas propiedades curativas, pero nunca comparables a las de los medicamentos químico-farmacéuticos. Segunda, exigir un estricto control en la calidad de las materias primas vegetales, entiéndase por esto el control en el cultivo, cosecha, almacenamiento y extracción de las plantas medicinales, particularmente de las exóticas, es decir, de todas aquellas que no formaran parte de la historia farmacéutica europea. En Occidente, nadie iba a cuestionar demasiado la utilidad del ajo, de la manzanilla o del árnica para tratar molestias o padecimientos menores que culturalmente eran aceptados por la tradición europea, pero el ginseng, el ginkgo o la uña de gato, debían pasar por un detallado y escrupuloso cumplimiento de normas y estudios comprobatorios, mientras se decidía que hacer.
Con el pasar de tiempo y el crecimiento de los mercados de productos naturales, considerados suplementos, quedó claro que las decisiones tomadas no eran suficientes. Infinidad de productos no cabían en la definición de suplemento, pero sobre todo las propiedades y efectos terapéuticos de la mayoría de los productos que salían al mercado eran las de un medicamento. Fue en ese momento, circa 2000) cuando surgió el término ‘fito-medicamento’, del latín phyto que significa ‘planta’, para denominar al nuevo tipo de fármaco que se proponían comercializar: un producto elaborado a partir de un extracto vegetal, estandarizado químicamente en su contenido de compuestos biológicamente activos, con una dosificación precisa basada en estudios clínicos sobre seguridad y eficacia y, elaborado en forma farmacéutica siguiendo los habituales procedimientos de control de calidad de la industria. |